
El cauce fragoroso del río se adentraba en las profundidades de la selva. Un día de navegación fue suficiente para que el paisaje trocara vastas llanuras por una frondosa y alta vegetación amarronada. Todo en Fanglandia estaba pintado con tintes de marrón. La primorosa Néstor se jactaba de reconocer doce tonos distintos de marrón, pero dado el nombre poco científico que les daba (marrón, marrón clarito, marrón clarititito, marrón marrón, marroncito, marrón oscuro, marrón que es más claro que el marrón oscuro pero más oscuro que el marrón marrón, etc.) nadie le creía demasiado.
El río formaba ahora varios meandros, y la embarcación se movía a nado de piraña. El silencio abrumador sólo se rompió con una observación de la poetisa Néstor:
Existen loros parlantes que dicen cosas curiosas
También hay parlantes que amplifican punteos en cuerdas brillosas
A veces suenan bien, otras son dudosas
Expresiones de deseo o más bien
Manifestaciones de escaso aseo en los oídos ¿musicales? de ciertos chavales
Todos se sentían reconfortados cuando la deliciosa Néstor se expresaba de esta manera. Que de su boca partieran frases tan disímiles como “rogaba para salir, un adminículo” y “tengo que ir al biorsi, me cayó mal el guiso” era un misterio que ni siquiera las neuronas hiperconectadas de A. podían develar. Elpuré estaba por alabar sus locuciones cuando un dardo envenenado le rozó el cuello y se clavó en el barco.
- “Todos abajo” bramó, mientras saltaba sobre Néstor para protegerla.
- “¿Y esto, Tapete? preguntó A.
- “Uglesios”, replicó éste con voz sombría. “Son de pequeña estatura pero muy feroces, y por lo que veo están pintados para la guerra”
- “Calma. Ciertos seres se untan ceras para cerciorarse de ser caras con cejas ceñudas, pero a tubérculo certero no hay ser que pruebe ser de acero.” exclamó A.
- “Cierto A., tenemos que llegar al lanzapapas. Si no, estos enanos nos van a acribillar.” gritó Elpuré para hacerse oír sobre el chiflido de los dardos enemigos.
- “De acuerdo, los voy a distraer, estate atento. A ver, Néstor, ¿esa pulsera es de plata?” inquirió A.
- “Si”
- “Bueno, la voy a necesitar. ¿Tapet, puede ser que los dardos uglesios estén embadurnados con néctar de zámbiga? El olor es parecido”
- “De hecho sí, A. No se que vas a hacer pero metele, no vamos a resistir mucho más” aulló Tapete mientras un dardo aterrizaba a escasos centímetros de su pie izquierdo.
En un santiamén A. agujereó la pulsera de Néstor con un dardo, y la arrojó hacia una de las orillas. La explosión no fue gran cosa, pero bastó para que Elpuré se apersonara delante del lanzapapas automático y bañara de papas las dos costas. A., Tapete y Néstor se incorporaron y también comenzaron a repartir patatas, lanzándolas con todas sus fuerzas hacia los marrones pigmeos. Los uglesios debieron replegarse ante el poder de fuego de nuestros amigos. Habían neutralizado el primer ataque. Exultantes, Néstor y Tapete se abrazaron en la proa.
A. fue el primero en advertir el horror: Elpuré yacía inerte en la popa, con un dardo clavado en el muslo.


